CUSCO: LAS PIEDRAS COLOR COBRE
Junio 10, 2008
Yo, un individuo de clase media que residía entre Magdalena y El Cercado, lleno de defectos y con una formación mediocre producto de la realidad made in Perú, no podía pensar en subirme a un avión y desaparecer de la ciudad, pero de pronto todo cambió, cambió cuando me enteré ¡oh sorpresa!.. Cusco estaba cerca de mi si solo tomaba un bus interprovincial hasta aquel lejano lugar.
Rompiendo el tedio
Lo decidí y me atreví a viajar 22 horas hasta la capital imperial. Una suerte de sueño y un colage de fotos se cruzaban entre mi cansancio y la ansiedad por llegar, una noche de calor, frío y angustia. Al día siguiente por fin el bus llegó y yo a punto de cumplir mi objetivo. Era un poco difícil sentirse provinciano y forastero en una ciudad de piedras color cobre, una metrópoli que encierra siglos de conquista (ya casi re-conquistada por el poder de los andes) en su Plaza de Armas que definitivamente si está conquistada por taxis marca Tico.
Bienvenido a la ciudad de piedra
Bueno, ya estaba en aquel lugar, no sabia adónde ir, se acercó un hombre mayor con cara de buena gente y me ofreció hospedarme en su casona por 20 soles la noche (que creían, que me iba ir a un Resort de 5 estrellas). Accedí sin miramientos y abordé el taxi (Tico por cierto). Llegamos y entre la perorata de Don Agustín y mi dolor de cabeza por la altura, soporté que éste me contara las bondades de la ciudad y su riqueza invalorable.
Ese día dormí bastante por recomendación de mi anfitrión, a la mañana siguiente con mi “mate de coca” de por medio hecho en el Ukukus por las manos de Becho, desayuné y me eché a la caminata -pues considero que es súper aburrido subirse a un taxi en Cusco-. Nunca había transitado por calles de ese tipo, todo empedrado, callejones largos, un cielo como pintado en un cuadro por un artista, era otra la atmósfera y el espíritu de aquella ciudad me invadía, la gente era diversa: estadounidenses, cusqueños, franceses, argentinos, italianos y casi todo el mundo congregado en un solo lugar.
Empieza la aventura
Ya eran las 12 del mediodía y si mi memoria no me engaña, estaba listo para conocer Machu Picchu, esa capital de los incas -según la historia-, que solo conocía por postales y revistas de turismo. Ahora si subí a un taxi que me costó 3 soles y me llevó hacia la estación del tren (siempre decía que algún día viajaría en tren y en barco, bueno lo del tren ya se me cumplió).
Habían dos tipos de servicios: uno súper VIP, muy cool que costaba 300 dólares la travesía Cusco – Aguas Calientes – Cusco… obviamente era imposible que suba a ese tren y luego el servicio para el pueblo, 30 soles en la ruta descrita, cómodos asientos que parecían una roca, velocidad controlada y venta a bordo de chicha, papa, choclo y queso ¡una maravilla! El tren era un híbrido, una mezcla de trasporte moderno con “la 10” que pasa por la Av. Brasil, ah y bueno también viajaban con nosotros uno que otro carnerito, gallinita y no sé que otro tipo de animales. El traslado duró 4 horas, ya me estaba exasperando, pero el paisaje que tenia frente a mi paliaba mi estadía en aquel vagón.
Llegamos a la parada final, el pueblo de “Aguas Calientes”, un lugar muy entrañable, de mucho comercio, un lugarcito que se las sabia todas, pues sus clientes en su mayoría eran turistas extranjeros que invertían en los restaurantes y abastos del lugar. Este pueblo queda exactamente debajo de Machu Picchu, digo debajo porque de ahí hay que abordar un mini bus para subir que cuesta 7 dólares ida y retorno Machu Picchu – “Aguas Calientes”.
El vehículo subía en curvas, había mucha neblina, poco a poco parecía que nos internábamos en el retroceso del tiempo, quedé un tanto asombrado por lo que estaba sucediendo, hasta que el conductor anunció que ya habíamos llegado, en ese momento desperté, preparé mi cámara de video (no lleve cámara fotográfica, hasta ahora me arrepiento de ese error) y me alisté a bajar.
Imperio en el tiempo
El cielo lograba una intrínseca influencia sobre los que estábamos sobre aquellas rocas, el momento, o los momentos que viví fueron emocionalmente indefinibles y eso que yo no lo creía, ahora se que existe una fuerza superior en los andes, en la sangre que los incas derramaron sobre cada piedra de las que hoy admiramos. De regreso, luego de pasar por el InkaTerra (hotel cercano a Aguas Calientes), me quedé dormido para llegar rápido a la ciudad, en donde me esperaba en el embrujo de la noche cusqueña, hambrienta por hacerme vivir al ritmo de su convulsionada historia.
Por fin llegamos… cansado y con una extraña sensación de felicidad bajé del tren (solo tenia 15 dólares y mi pasaje de bus para el retorno ¿por qué habría creído que era feliz?) llegué a la puerta de la estación y abordé el primer taxi hacia el lugar donde me hospedaba.
Noche de sortilegios y otros perfumes
Luego de un reparador baño salí del lugar donde me hospedaba y me zambullí en la magia de Cusco Nocturno, a la siguiente cuadra y bajo una acariciadora lluvia se encontraba Killa (Luna)–tan resplandeciente como el significado de su nombre-,artesana hija de padre cusqueño con madre francesa, Killa aprovechaba la fachada con techito de un restaurante para exponer sus obras hechas en plata y demás aleaciones metálicas, hablaba mucho de la historia e imperio Inca, me contó que viajaba constantemente pues no era solo de esta tierra, era “ciudadano errante del mundo”, con su arte y negocio había cruzado muchas fronteras, paciente y con solo lo que el día le ofrecía vivía, no debía preocuparse por más, le compré algo, la mujer parecía descendiente Inca, el color de su piel era especial y sus ojazos azules me llevaron a un trance, ella me dijo que me enseñaría un pueblo escondido y milenario, no tenía celular “nos vemos mañana en la plaza cuando el sol se vaya ocultando”… asumí que la traducción de eso era 6:30PM.
En los brazos de la fiebre
Continué mi periplo y aterricé en el Kamikaze, taberna clásica del centro del Cusco. “Ananau” en la versión del grupo Alborada sonaba en la sala principal, empecé a bailar -un sonido un poco extraño pero válido, estaba en Cusco-, luego de la rumba étnica salí ya a medianoche con dirección al local de Becho, La Sarita tocaba en vivo, pasaba las copas sin darme cuenta y entre tropiezos por la solitaria trasnoche llena de frío ya estaba en el Mama África donde terminé la noche.
Por cierto, al día siguiente acudí a la plaza para encontrarme con Killa… nunca llegó, nunca más la vi, por más que fui hasta aquella callecita en su búsqueda nadie me dio razón alguna. Solo su extraño perfume y esa imagen fuerte como el poder de su mirada se quedaron conmigo, su bella estampa me acompaña y se refugia hasta hoy en el archivo infinito de mis emociones.





Septiembre 9, 2008 4:00 pm
Que puedo decir de toda esta narracion, en realidad es como una pequeña obra en la cual cuenta aspectos inolvidables de su breve estadia en Cusco, creo que ha vivido intensamente y eso es lo cuenta en esta aventura que probablemente guarde un recuerdo imperecedero por el resto de su vida. Yo soy del Cusco naci en el Barrio de San Blas (El barrio de los artisitas), es ahi donde le falto ir. Pero si doy credito de los lugares que narra existen. Mis felicitaciones por esa desicion de visitar Cusco Cuna del Escritor Mestizo Inca Garcilaso de la vega.
[Responder a este comentario]